El tipo apenas podía mantenerse en pie a causa de la ebriedad que portaba, pero se las ingenió para acertarle con el chorro de meado al inodoro, y se dejó llevar por el placer del momento, con sus brazos apoyados contra la pared, como delincuente atrapado por la Policía. Con los ojos en blanco, y mientras esperaba que culminara tan extendido procedimiento, tomó conciencia de que en los próximos minutos iba a presenciar "in situ" un suceso que podría transformar el resto de su vida en un paraíso, o en un verdadero infierno. El asunto que comenzó desvelarlo era: ¿sería capaz su mina de darse cuenta -por sí sola- de que el vaso de él ya no contenía cerveza, que estaba vacío?
En la habitación contingua al baño, la mina lo aguardaba echada en la cama de dos plazas. El recordaba que antes de levantarse para ir al sanitario había bebido el último trago y dejado su vaso vacío en la mesita de luz, y se imaginó lo gratificante y útil que sería que ella tuviera la iniciativa de llenarlo, de volver a colmatarlo del rico elixir, para darle una estimulante sorpresa a él.
Confiado en que había elegido a la mujer indicada y que ella iba a tomar nota de tamaño déficit, su lado bueno desafió mentalmente a su lado malo a que la mina sí iba a tener la iniciativa. La apuesta era simple: si el vaso estaba lleno, el lado bueno habría ganado y le propinaría un cachetazo en la cara al lado malo. Pero si perdía, el lado malo ganaba la potestad del golpe. Así que se preparó para ligarse una cachetada propia, sea cual fuere el resultado.
Apenas ingresó en la habitación dirigió su mirada hacia el vaso, y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Sin mediar palabra, se estampó un fuerte sopapo en la mejilla derecha. La mina se sobresaltó y le preguntó qué le pasaba. El no le respondió y se tiró en la cama, y ella de inmediato le dijo:- Sos loco, eh?
- ¿Loco? Sí, puede ser, puede ser... Por cierto, ¿me alcanzás la cerveza así me sirvo?




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